viernes, 14 de junio de 2013

Discreción en la biblioteca

Un verano fui a visitar a unos buenos amigos que tengo en Iowa City, Estados Unidos.

Una de mis amigas trabajaba por aquél entonces en la biblioteca, por lo que para no quedarme encerrado en casa muerto del aburrimiento ni en la calle abrasándome de calor, me dedicaba a acompañarla al trabajo. Mientras ella desempeñada su labor profesional yo pasaba las horas trabajando en proyectos personales o leyendo alguno de la infinidad de libros que había a mi disposición.

La anécdota ocurrió un día que de camino al servicio pasé por delante de una sala con máquinas expendedoras para los usuarios que querían tomar un tentempié. Cual perrillo abandonado entré por la puerta con cautela, como inseguro de qué podría encontrarme, con las siempre presente preguntas que te vienen a la cabeza cuando visitas otros sitios distintos a los que estás acostumbrado: "¿cómo serán las máquinas de comida aquí? ¿funcionarán igual, o tendrán un sistema ultra moderno que nunca he visto?" Cuál sería mi decepción cuando descubrí que para pedir una chocolatina tenías que:
  1. Introducir dinero.
  2. Seleccionar el número.
  3. Recoger.
El choque de culturas me afectó tanto que para evitar que mi cabeza estallara con tanta información empecé a inspeccionar todos los elementos electrónicos que había en la sala y lo que suministraban: chocolate, dulce, chocolate, salado, bebidas, bebidas y... entonces fue cuando vi la máquina que me llevaría a sacar un cartel por encima de mi cabeza que diría: "¡Hey! ¡Miradme todos! ¡Soy un patán que no es de por aquí!" Lo que vi fue una máquina de cambiar dinero.

Debo aclarar que en Estados Unidos, además de los billetes de $1 también se usan monedas de este mismo valor, aunque no son tan comunes de ver, o por lo menos durante mi estancia allí sólo vi unas pocas que podía contar con los dedos de mi mano.

Yo estaba dispuesto a conseguir una moneda de dolar como recuerdo, por lo que la máquina de cambio me dio la posibilidad de conseguir mi objetivo. Saqué mi cartera y miré la cantidad de dinero que llevaba encima y el único papel que encontré dentro fue un billete de $20. En ese preciso instante se me plateaba una duda existencial: "¿debería cambiar un billete tan grande? A lo mejor debería esperarme a tener billetes más pequeños". Pero entonces mi lado racional me dijo que estaba en uno de los países más desarrollados del mundo, además de que se trataba de una máquina precisamente de eso, de cambiar dinero. Seguro que me daba billetes Y monedas, con la esperanza de que éstas últimas fueran de dolar.

Y he ahí que me lanzo yo a meter el billete por la ranura con toda la tranquilidad de que iba a disponer de mi cambio en unos pocos segundos, además de mi tan codiciada y buscada moneda de un dolar.

Fue entonces cuando escuché los primeros "tin-tin-tin" del repiquetear de las monedas unas contra otras. Cuando me asomé al cajetín donde se depositaba el cambio, pude vislumbrar un pequeño puñado de monedas de 25¢ que iba creciendo poco a poco mientras la dichosa máquina seguía escupiendo moneda tras moneda. Tras las primeras diez, empecé a ponerme nervioso por lo que de un salto me acerqué a la puerta para asegurarme de que estaba cerrada. Tras las siguientes veinte monedas, me tocó empezar a recoger el pequeño montón que se estaba formando porque empezaba a haber riesgo de desborde. Y para el resto de cincuenta "tin-tin-tin" me quedé mirando con incredulidad cómo aquella máquina del infierno no dejaba de sacar monedas mientras las acompañaban el característico repiquetear en el absoluto silencio de la biblioteca. Sí señor, una vez más le había hecho saber al mundo que yo estaba allí.

Tras la experiencia, salí de la sala con una cara que se me caía de la vergüenza, una chocolatina en la mano (por aquello de disimular) y aguantándome el pantalón medio torcido por el peso de las monedas amontonadas en uno de los bolsillos.

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